Sin pensarlo mucho —porque la necesidad y la curiosidad nublaban el juicio— descargó el instalador. Mientras el progreso avanzaba, la lluvia comenzó a golpear la ventana. Su apartamento olía a café viejo y a impresión de tinta. Al terminar, hizo doble clic; el instalador pidió permisos, aceptó términos que nadie lee y arrancó.
